A veces, no son las emociones las que nos hacen sufrir, sino todo lo que hacemos para no sentirlas
Cuando algo duele, lo natural es querer alejarse de ello.
Si sentimos ansiedad, queremos que desaparezca. Si nos duele un rechazo, intentamos no pensar en él. Si una emoción nos resulta incómoda, buscamos distraernos, controlarla o esperar a que pase cuanto antes.
Y tiene sentido. Nadie disfruta sentirse triste, ansioso o vulnerable.
El problema es que, a veces, la lucha por dejar de sentir ciertas emociones termina ocupando demasiado espacio en nuestra vida.
De hecho, investigaciones en psicología han encontrado que intentar controlar o evitar constantemente emociones difíciles puede aumentar el malestar emocional y alejarnos de aquello que valoramos. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado dentro de las terapias contextuales y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).
Cuando el miedo al rechazo empieza a dirigir la vida
Sucede mucho en consulta. A veces tenemos tanto miedo al rechazo que pasamos gran parte de nuestro tiempo intentando evitarlo: pensamos demasiado antes de hablar, nos esforzamos constantemente por agradar, escondemos ciertas partes de nosotros mismos o intentamos decir siempre «lo correcto».
Y poco a poco, nuestra vida empieza a girar alrededor de no ser rechazados, más que alrededor de conectar genuinamente con otros y construir relaciones significativas.
El miedo a quedarse solo y la desconexión emocional
Otras veces tenemos tanto miedo a quedarnos solos que, para protegernos de esa posibilidad, dejamos de mostrarnos vulnerables, nos volvemos más fríos y distantes o incluso nos aislamos emocionalmente.
Paradójicamente, en ese intento por evitar la soledad, terminamos sintiéndonos cada vez más desconectados.
Cuando la ansiedad empieza a controlar la vida
También ocurre con la ansiedad. A veces vivimos tan pendientes de no sentirla que empezamos a observarnos constantemente, controlar nuestros pensamientos, evitar situaciones o buscar certezas todo el tiempo.
Y sin darnos cuenta, nuestra vida empieza a reducirse cada vez más, organizada alrededor de la lucha con la ansiedad.
Lo difícil es que cuanto más intentamos controlar completamente nuestras emociones, más espacio parecen ocupar en nuestra mente y en nuestra vida.
El costo oculto de luchar contra las emociones
Quizá la pregunta no sea cuánto miedo sientes.
Quizá la pregunta sea cuánto espacio está ocupando ese miedo en tu vida.
Porque cuando gran parte de nuestra energía se va en intentar no sentir ansiedad, evitar el rechazo o escapar del dolor, algo importante suele quedar en pausa:
- Las conversaciones que no tenemos.
- Las decisiones que postergamos.
- Los vínculos que dejamos de cultivar.
- Los proyectos que seguimos esperando empezar «cuando nos sintamos mejor».
Y a veces, sin darnos cuenta, terminamos construyendo una vida cada vez más pequeña alrededor de emociones que intentábamos mantener a distancia.
Por eso puede ser útil detenerse un momento y preguntarse:
- ¿Qué tipo de persona me gustaría ser en esta situación?
- Si dejara de gastar tanta energía luchando contra esto, ¿en qué me gustaría invertirla?
- ¿Qué aspectos de mi vida que me importan están esperando mientras peleo con esto?
Aprender a hacer espacio a las emociones
Llegados a este punto, quizá la pregunta ya no sea cómo dejar de sentir miedo, ansiedad o tristeza.
Quizá la pregunta sea otra:
¿Qué pasaría si dejáramos de esperar a sentirnos mejor para empezar a vivir la vida que nos importa?
Muchas veces ponemos nuestra vida en pausa. Esperamos que desaparezca la ansiedad para hacer aquello que queremos, que el miedo se vaya para tomar decisiones importantes o sentirnos más seguros para dar ciertos pasos.
Aprender a hacer espacio a las emociones no significa resignarse al sufrimiento ni conformarse con sentirse mal. Tampoco significa que nos gusten esas emociones o que dejemos de cuidarnos.
Significa dejar de gastar toda nuestra energía intentando controlar, evitar o eliminar aquello que sentimos. De hecho, muchas veces el primer paso consiste en dejar de pelear constantemente con nuestras emociones (si te interesa profundizar en esta idea, puedes leer mi artículo «Un minuto para dejar de pelear con tus emociones»).
Significa permitir que emociones como el miedo, la tristeza o la inseguridad puedan acompañarnos en ciertos momentos, sin que sean ellas quienes decidan qué hacemos, qué evitamos o hacia dónde dirigimos nuestra vida.
Porque las emociones difíciles forman parte de la experiencia humana. La pregunta no es si aparecerán o no, sino cuánto poder queremos seguir dándoles para tomar decisiones por nosotros.
A veces, el cambio más importante no ocurre cuando desaparece la ansiedad.
Ocurre cuando deja de ser quien toma las decisiones.
Si sientes que la ansiedad, el miedo al rechazo o el dolor emocional están ocupando demasiado espacio en tu vida, el acompañamiento psicológico puede ayudarte a desarrollar una relación diferente con esas experiencias y a recuperar aquello que realmente es importante para ti.
Preguntas frecuentes
¿Por qué evitar emociones difíciles puede hacernos sufrir más?
Porque intentar controlar o eliminar constantemente emociones como la ansiedad, el miedo o la tristeza suele consumir gran parte de nuestra energía, dejando menos espacio para aquello que realmente nos importa.
¿Es normal querer evitar emociones dolorosas?
Sí. Es una reacción humana natural. El problema aparece cuando nuestra vida empieza a organizarse alrededor de evitar esas emociones.
¿Cómo dejar de sufrir por emociones difíciles?
No siempre se trata de eliminar las emociones, sino de aprender a relacionarnos con ellas de una manera diferente para que no sean ellas quienes dirijan nuestras decisiones..